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Envases industriales y PPWR Ecoembes simplifica cumplimiento normativo
La soberanía alimentaria se define como el derecho de los pueblos a definir sus propios sistemas agroalimentarios y a disponer de alimentos apropiados producidos mediante métodos sostenibles. Esto conlleva capacidad de decisión, resiliencia, reglas y justicia. Este marco de derechos se traduce en una empresa en decisiones sobre qué producir, con qué insumos, reglas y alianzas, y con qué capacidad de afrontar perturbaciones sin comprometer seguridad, calidad ni acceso a mercado. Esto no implica “cerrarse”, sino gobernar dependencias, diversificar y diseñar alternativas operativas antes de la crisis.
El sistema agroalimentario mundial afronta una policrisis en la que confluyen tensiones geopolíticas, volatilidad de precios, disrupciones logísticas, cambio climático, presión sobre recursos naturales y transición demográfica. En Europa, de forma especialmente aguda en el arco mediterráneo, estas fuerzas se traducen en vulnerabilidades de abastecimiento (agua, energía e insumos), riesgos sanitarios (zoonosis y resistencias antimicrobianas) y desigualdades en el acceso a dietas saludables.
Cuando el riesgo sanitario, la volatilidad energética, la presión regulatoria y la exigencia de transparencia se combinan, la cadena de valor se convierte en un sistema sensible y expuesto. Por tanto, la soberanía alimentaria ha dejado de ser solo un marco normativo y se ha convertido en una cuestión de gestión del riesgo. La pregunta ya no es únicamente si hay comida, sino si el sistema puede sostener el abastecimiento de alimentos suficientes, seguros, nutritivos así como culturalmente y económicamente apropiados cuando fallan los supuestos que sostienen el modelo globalizado. Se puede ser autosuficiente en alimentos, pero no soberano si se depende de insumos externos que no se controlan.
La soberanía alimentaria debe entenderse por tanto desde un enfoque sistémico y este carácter hace que su integración con la estrategia One Health (Una Sola Salud) sea una oportunidad natural para una transformación del sistema alimentario, sistema complejo donde interactúan entre otros, agricultura, ganadería, medio ambiente, comercio, salud humana, salud animal, economía y comportamiento social.
Figura 1: Enfoque de la estrategia One Health (Una Sola Salud).
El enfoque “Una Sola Salud” reconoce la interdependencia entre salud humana, animal y ambiental (Figura 1), y apunta a la necesidad de anticipar, prevenir, detectar y controlar riesgos en la interfaz humano-animal-planta-ambiente para afrontar amenazas a la salud y a los ecosistemas, y atender a necesidades colectivas como agua limpia, alimentos seguros y nutritivos, y acción climática. Considerar este enfoque significa que las decisiones en un punto generan efectos en cadena en los demás y a través de la conexión de todos estos nodos permitiría ver cómo un cambio en uno afecta a los demás y cómo se retroalimentan. Por tanto, un elemento decisivo para su integración natural y eficiente en el sistema alimentario es incorporar explícitamente, entre algunos otros, compensaciones o tensiones socioeconómicas (ej. empleo, costes, incentivos, acceso y gobernanza). En definitiva, este enfoque integrador es ver el sistema alimentario como un sistema socio‑ecológico‑sanitario completo, donde la soberanía alimentaria consiste no solo en producir, sino en producir sin comprometer la salud del sistema, haciendo que este se vuelva más resiliente no rompiéndose ante crisis (clima, brotes sanitarios y pandemias, contaminaciones, disrupciones logísticas, …).
El enfoque “Una Sola Salud” reconoce la interdependencia entre salud humana, animal y ambiental (Figura 1), y apunta a la necesidad de anticipar, prevenir, detectar y controlar riesgos en la interfaz humano-animal-planta-ambiente para afrontar amenazas a la salud y a los ecosistemas, y atender a necesidades colectivas como agua limpia, alimentos seguros y nutritivos, y acción climática. Considerar este enfoque significa que las decisiones en un punto generan efectos en cadena en los demás y a través de la conexión de todos estos nodos permitiría ver cómo un cambio en uno afecta a los demás y cómo se retroalimentan. Por tanto, un elemento decisivo para su integración natural y eficiente en el sistema alimentario es incorporar explícitamente, entre algunos otros, compensaciones o tensiones socioeconómicas (ej. empleo, costes, incentivos, acceso y gobernanza). En definitiva, este enfoque integrador es ver el sistema alimentario como un sistema socio‑ecológico‑sanitario completo, donde la soberanía alimentaria consiste no solo en producir, sino en producir sin comprometer la salud del sistema, haciendo que este se vuelva más resiliente no rompiéndose ante crisis (clima, brotes sanitarios y pandemias, contaminaciones, disrupciones logísticas, …).
Vulnerabilidades en la cadena de valor
La soberanía alimentaria se formula como un marco que integra bienestar y salud de los animales, de los humanos y del planeta. Hay que considerar por tanto criterios tales como: los sistemas alimentarios contribuyen de forma significativa a las emisiones globales y a la pérdida de biodiversidad; la dependencia estructural debido a la concentración de poder en mercados de insumos (ej. semillas); la seguridad alimentaria entendiéndose como una condición en la que las personas tienen acceso físico, social y económico a alimentos seguros y nutritivos; …
El modelo logístico dominante asumía energía barata, disponibilidad constante, buen clima y ausencia de disrupciones políticas, supuestos que hoy se consideran incorrectos. Por tanto, se debe evolucionar de una respuesta del sistema tipo “just in time” a una “just‑in‑case”, es decir donde se intercambia eficiencia monetaria por resiliencia, considerando, por ejemplo, desde medidas reactivas de autoprotección a una transformación preventiva de toda la sociedad. Este refuerzo de resiliencia alimentaria no tiene que llevar a su vez a un sistema que reproduzca desigualdad y dependencia. La vulnerabilidad no es uniforme, existiendo colectivos vulnerables en cuanto a la inseguridad de disponer de alimentos. El abastecimiento se debe evaluar por acceso real a dietas saludables, incluyendo personas con requerimientos específicos (ej. alergias, dietas terapéuticas) y población en necesidad.
En España, la disponibilidad de agua se identifica como riesgo sistémico para la cadena alimentaria. Además de pérdida de biodiversidad y disponibilidad de recursos, es relevante su impacto en costes operativos, eficiencia y potencialmente en la seguridad alimentaria y la salud, por lo que la ecoeficiencia como filosofía de gestión, no solo a nivel de reducción de consumo y reutilización de agua también desde el punto de vista energético, uso de materias primas, …, debe contribuir a la resiliencia de la cadena de valor. La transición energética aparece por tanto como requisito de resiliencia, la autosuficiencia con renovables y electrificación permitiría reducir dependencia y emisiones.
La pérdida de biodiversidad alimentaria, que viene dada principalmente por la diversidad genética de las fuentes y la presión ambiental, debilita la disponibilidad (menos diversidad resiliente al clima), el acceso (menos opciones asequibles), la utilización (ej. menos diversidad dietética, de micronutrientes, …) y estabilidad (menor capacidad de amortiguar shocks o tensiones) de alimentos. Preservar y reactivar la biodiversidad no es solo conservación, es estrategia de abastecimiento. La integración de especies y variedades infrautilizadas puede contribuir a resiliencia nutricional y a cadenas de valor habilitadas por tecnología, siempre que se acompañe de políticas coherentes, alfabetización alimentaria y financiación.
La resiliencia del sistema alimentario no se sostiene sin personas. Si solo se invierte en infraestructuras físicas y se descuida la parte humana y relacional del sistema alimentario, la resiliencia del sistema se deteriora. En un contexto de envejecimiento y menor disponibilidad de mano de obra en profesiones de riesgo y siniestralidad, se debe apostar por iniciativas de soberanía alimentaria que atiendan innovaciones organizativas y tecnológicas que reduzcan penosidad y riesgo, y que refuerce el poder de atracción del sector.
El riesgo sanitario en la cadena es sistémico, las actividades en producción, sacrificio, retail y consumo pueden aumentar la exposición a patógenos zoonóticos o a otros agentes bióticos o abióticos pudiendo interrumpir cadenas y poner en riesgo medios de vida. Así mismo, la mitigación de la resistencia a antimicrobianos (RAM) exige un enfoque “Una Sola Salud” por la interconexión entre reservorios humanos, animales y ambientales y por las tensiones en el uso de antimicrobianos, incluyendo incentivos económicos que pueden entrar en conflicto con el uso responsable de antimicrobianos. Un estudio en una región porcina en España apoya la necesidad de programas de uso racional de antimicrobianos, de vigilancia genómica rutinaria de elementos genéticos móviles de resistencia que pueden ayudar a diseminar multiresistencia, o de otras actuaciones para limitar transmisión de animales a humanos [1].
Palancas de transición hacia un sistema alimentario resiliente e integrado
La bioeconomía circular se puede considerar como una palanca transversal para reducir pérdidas y desperdicio, disminuir dependencias externas y mantener recursos en circuitos productivos. Valorizar fracciones infrautilizadas (Figura 2) reduce costes, mejora imagen y genera nuevas líneas de negocio convirtiendo esas fracciones en ingredientes, piensos, bioenergía o biomateriales.
Figura 2: Esquema de valorización de fracciones hortofrutícolas infrautilizadas
Pero para que la valorización refuerce la soberanía alimentaria, además de priorizar oportunidades según el valor nutricional/funcional y la viabilidad de la circularidad, debe tenerse en cuenta desde el inicio la inocuidad y trazabilidad, así como evaluar impactos ambientales y sociales. De esta forma se reduciría el riesgo de que la circularidad desplace los problemas hacia nuevos productos o mercados. En este último sentido, se plantea que la economía circular puede contribuir a estrategias “Una Sola Salud” siempre que se priorice prevención del riesgo y eliminación de fuentes de alto riesgo para alimentos humanos y animales [2].
Los desarrollos tecnológicos orientados a reforzar la soberanía alimentaria deben cumplir con la reducción de la dependencia, diversifican los ingresos y sostienen capacidades locales. En este sentido, la biotecnología, no por sí sola sino en simbiosis o asociada con la explotación sostenible de recursos terrestres y acuícolas, debe evitar dependencia y generar resiliencia territorial por ejemplo a través de la implementación de biorefinerías para la valorización de corrientes laterales como sustrato. La agricultura celular vegetal en la que la circularidad se lleva a cabo valorizando corrientes secundarias agrícolas como materia prima metabólica, e integrando agricultores como socios, puede ser otro “marco simbiótico” que podría evitar dependencias tecnológicas [3]. La biotecnología, a su vez, puede ser catalizadora de la impulsión de nuevas herramientas de biocontrol sostenibles como pueden ser el uso de bacteriófagos y de nuevas biomoléculas, con el objetivo de hacer más resilientes los sistemas de abastecimiento y controlar riesgos sanitarios (zoonosis y resistencias antimicrobianas) bajo el concepto “Una Sola Salud”.
Asímismo, la digitalización es otra palanca para pasar de resiliencia reactiva a preventiva, permitiendo anticipar vulnerabilidades y activar planes de contingencia. La integración de la demanda de nutrientes, tanto para alimentación animal como humana, con mapas GIS de aptitud de cultivos, por ejemplo, debe permitir estimar el potencial de autosuficiencia y de relocalización productiva, que complementada con IA y los desafíos asociados a la fusión de datos heterogéneos debe dar respuesta a esa transformación del sistema alimentario hacia una resiliencia preventiva. Sin embargo, la clave para que la digitalización refuerce la soberanía alimentaria es la gobernanza del dato (interoperabilidad, reglas de acceso y beneficios compartidos), así como el establecimiento de mecanismos para que la digitalización no amplíe brechas entre grandes y pequeñas explotaciones o entre territorios, y para que no se convierta en un riesgo emergente relevante que conlleve disrupciones por ciberataques. Sin estas condiciones, la digitalización puede transformarse en una nueva dependencia en lugar de resiliencia.
Si bien la biotecnología y la digitalización constituyen palancas relevantes para la transformación del sistema alimentario, resultan insuficientes si no se integran en un marco más amplio de gobernanza, justicia y sostenibilidad. En este sentido, Rockström y col. [4] proponen un paquete de ocho soluciones prioritarias hacia 2050 para transformar el sistema alimentario: entornos alimentarios que incrementen la demanda de dietas saludables (más accesibles y asequibles); protección y promoción de dietas tradicionales saludables; intensificación de prácticas sostenibles y ecológicas; regulación para evitar la pérdida de ecosistemas intactos; mejorar gestión, infraestructuras, y sensibilización del consumidor para reducción de pérdidas y desperdicio alimentario; condiciones de trabajo decentes; representación significativa de todos los grupos afectados; y reconocimiento y protección de grupos marginados. Este enfoque refuerza que la transformación debe ser integral y justa, y no solo tecnológica o productivista. Este encuadre es relevante para soberanía alimentaria porque desplaza el debate desde “cantidad” hacia “capacidad de gobernar y sostener” sistemas que nutran y protejan la salud humana y del planeta. Esta comisión a su vez sostiene que el precio de actuar es menor que el de no actuar y que ninguna acción aislada es suficiente, haciendo falta paquetes de medidas coherentes y secuenciadas.
Necesidades, líneas de actuación en I+D+i e impactos esperados
Cualquier solución en el ámbito de la soberanía alimentaria, coherente con el enfoque “Una Sola Salud”, debe evaluarse por impactos en salud humana, animal y ambiental, y por impactos socioeconómicos (empleo, acceso, distribución del valor). Esta solución debería responder a una serie de preguntas como ¿qué vulnerabilidad reduce?, ¿qué evidencia la valida?, ¿qué dependencia crea y cómo se mitiga?, ¿es escalable industrialmente (coste, normativa, cadena de suministro)?
En la siguiente tabla se recogen algunas necesidades, posibles líneas de actuación en I+D+i o soluciones, y algunos impactos esperados, sin olvidar que si la estrategia de innovación no conlleva una reducción de la vulnerabilidad (ej. sanitaria, energética, logística, social, reputacional, …), no se está ante una innovación, sino ante un gasto.
La exposición a fenómenos climáticos adversos y la dependencia de insumos importados puede traducirse en vulnerabilidad productiva y social. La soberanía alimentaria, entendida como capacidad operativa, no implica aislamiento, sino que conlleva diversificación, relocalización estratégica de capacidades críticas y gobernanza que garantice abastecimiento y dietas saludables para toda la población incluyendo los grupos vulnerables.
La integración de la soberanía alimentaria y la estrategia “una Sola Salud” proporciona un marco de referencia operativo sin silos para afrontar las policrisis, permitiendo conectar abastecimiento, salud humana y animal, salud de ecosistemas, justicia y competitividad. La soberanía alimentaria se consolida por tanto como una estrategia de gestión del riesgo y competitividad en un sistema alimentario expuesto a incertidumbre estructural. Garantizar disponibilidad y acceso no sirve si el alimento no es seguro, y la inocuidad se complica cuando faltan recursos (agua, energía) o cuando los sistemas se intensifican bajo presión económica. Este enfoque integral convierte el modelo alimentario en un modelo socio‑ecológico‑sanitario integrado y convierte la soberanía alimentaria en soberanía sanitaria, ecológica y económica, es decir, producir sin riesgos, sin interrupciones, sin degradar recursos, y sin generar crisis sanitarias.
Bioeconomía circular, biotecnología, digitalización, justicia y sostenibilidad son palancas que deben ser convergentes. Su éxito debe basarse en la coherencia y una adecuada gobernanza que, sin ellas, puede conllevar la erosión de la soberanía que busca reforzar (ej. propuestas de circularidad sin inocuidad, digitalización sin inclusión o sin confianza, ...). Todas estas intervenciones (tecnológicas, organizativas y de política pública) tienen que considerar las sinergias y tensiones para su priorización, poniendo a las personas (trabajadoras y consumidoras, incluidos grupos vulnerables) en el centro de la transformación y resiliencia, afín de alcanzar el bienestar laboral, unas condiciones de trabajo decentes y el relevo generacional.
Referencias
1. Uruén, C.; Lavilla, M.J.; Libante, V. et al. (2026). Evidence of transfer of antimicrobial resistance genes from the porcine pathogen Streptococcus suis to human clinical isolates of Streptococcus agalactiae in a major pig-producing region of Spain. One Health 22. DOI: 10.1016/j.onehlt.2026.101396.
2. Mausch, K.; Hall, A.; Hambloch, C. et al. (2025). Foundations of a learning system for food system transformation under uncertainty. Food Security, 17(6), 1669–1685.
3. Mosoh, D. A.; Vendrame, W. A. (2026). The cellular harvest: a symbiotic road map for food sovereignty. Trends in Biotechnology. DOI: 10.1016/j.tibtech.2025.12.022.
4. Rockström, J.; Thilsted, S.H.; Willett, W.C. et al. (2025). The EAT–Lancet Commission on healthy, sustainable, and just food systems. The Lancet. DOI: 10.1016/S0140-6736(25)01201-2.
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